Eva

Apareciste como Eva, mordiendo el fruto prohibido de la calle San Bernardo. No me gustan las manzanas, ni aquellos que las comen, ni el crujido que desgarra los dientes, ni su posterior desecho sonriente. Así que pensé: ¡Qué asco!, una francesa. ‘Pomme de discorde’. Tampoco me gustaste tú.

Continué canícula con papá y hermana –que venía para quedarse, requerir, seguir, querer- y que continúa, sentada y con sed, en la misma terraza en la que papá se tomó su café estirpe despidiéndonos esa mañana.
Sonaba a canicas ese verano, a aciertos cóncavos y a un simpático desapego que relativizaba los esporádicos exámenes corpóreos del que poco a poco dejaba de ser mi novio.

Ese año Eva y yo apenas hablamos. Ella sólo comía manzanas. Yo, por aquél entonces, medía la cantidad de mis palabras dependiendo del tamaño corporal de las personas y, Eva, Eva era pequeña. Algunos días, los martes normalmente, coincidíamos a la hora de comer. Momento que yo aprovechaba para introducir en su plato otros ingredientes. Quizá así crece, pensaba, o quizá, con la miscelánea, pierde ese acento pomáceo, amplía su vocabulario y quién sabe si algún día llegaremos a entendernos. Porque –ojo-, Eva parecía comunicar sin problema con el resto del mundo. Con el mundo que compartía el mismo baño de la Calle San Bernardo al menos. Éramos seis: féminas libertinas –algunas más que otras- y, dispares. Cerrando poliedro, los respectivos machos que venían a lavarse los dientes alguna mañana.

Los meses pasaron y yo, -en las mismas-, caso omiso a esa hormiga que hacía cosquillas a las manzanas. Todo cambió un martes en el que sobrecogida en tedio, compré una botella de vino blanco para comer. Allí estaba Eva, a punto de dar su primer crujido desgarra dientes: sentada en uno de los dos únicos taburetes que nuestro generoso casero, había querido ofrecer a sus seis féminas, libertinas y dispares inquilinas. Tomé la última banqueta libre: en frente de hormiga que hace cosquillas a la manzana y, de manzana, y me serví un vaso de vino. Mientras saboreaba mi apatía y contaba los minutos necesarios para llegar a un estado simpático, Eva, tomó mi botella y, sin pronunciar acento pomáceo, bebió a morro. No me importó. En las mismas, caso omiso a la situación: Eva bebiendo a morro, yo contando los minutos necesarios hasta llegar a un estado simpático, botella aspirada por el morro de hormiga que hace cosquillas a las manzanas, simpático morro el de la hormiga que aspira y, a la media hora, Eva y yo, sordas de embriaguez.
De repente, el baño de la calle San Bernardo, frecuentado por las seis libertinas féminas dispares y sus respectivos machos, se inundó. Recuerdo ese mar de vómito como esencia arbórea, fragancia de vitamina C, de campo, a frutales que te acarician los párpados y no como un hedor emético. Lo recuerdo con aire bucólico porque fue, en ese momento, en el que Eva: liberándose de su páncreas, su hígado, su vesícula biliar, los kilómetros de manzanas ingeridos durante ese año, y yo, empezamos a hablar.

Poco a poco nuestro código lingüístico fue ganando terreno y, así fue como supe, en una de nuestras primeras conversaciones, que Eva no tenía ningún recuerdo previo a los ocho años. Para mí -Princesa de lo recóndito, de lo evocador y de las asociaciones mentales-, tal revelación, fue como evocar al coco que se come los sueños, a la bruja que con su escoba te roba la infancia. Pero sobre todo, me condujo directa al pensamiento de que no quería ser hormiga en el recuerdo de alguien y, con Eva, tenía todas las papeletas de serlo. Porque, si una persona no tiene recuerdos previos a los ocho años, ¿qué iba a significar yo, con la que había pasado un año presuntamente inexistente?

Quedaban pocos meses para que el calor pegajoso del verano se instalase de nuevo en Madrid. Sudaba al imaginármelo, no por las altas temperaturas que estaban por llegar, sino porque eso significaba que, Eva, dejaría nuestra calurosa España para volver de nuevo a su país: la Francia fría que le había negado todo recuerdo anterior a los ocho años. Cada día que pasaba se tatuaba con mayor intensidad esa idea en mi cabeza; inherente estaba la imagen de verme convertida en hormiga, pulga, avispa parisataria, sin la connotación que conlleva parásito. Sudaba al pensar en el esfuerzo que suponía hacer que Eva no se fuese, se quedase o, al menos, regresase tras el verano. Sudaba porque todo lo que supone esfuerzo es para mí un sacrificio incontable: dejé las clases de piano el mismo día que colocaron una moneda encima de mis manos para que su postura fuese adecuada; la palabra zapping no existe en mi vocabulario, y así, infinidad de situaciones como el infinito que anida en la palabra perseverancia.

No me importó, hice caso omiso al esfuerzo, y empecé con ahínco mi plan de retención: de Eva y de mi recuerdo en ella.
Dejaron de ser los martes el único día para compartir. Se sumaron los lunes, miércoles, los jueves, viernes, sábado, domingo y aquellos que todavía no han sido descritos por la Real Academia de la Lengua. El segundo día de la semana continuó siendo el más especial: tenía que conseguir que Eva supiese lo que significa conmemorar y, los martes, eran una buena excusa. Acompañadas de vino blanco, nuestras conversaciones alcanzaban máximos inexplicables, nuestra comunicación era un paradero sin límites, un arroyo sin fronteras.
En uno de nuestros viajes dionisiacos, apareció sobrevolando la palabra Futuro y, ¡zas!: como rayo diáfano, aproveché tal concepto para reforzar mi plan. Me hinché de valor, me lancé al abismo y le pregunté qué le deparaba el venidero. En aquella época, el porvenir no era para mí el futuro al que estamos acostumbrados: ese mañana a largo plazo. Para mí era el segundo posterior al aquí y el ahora, el trago de vino consecutivo al primer vaso servido y -creo que esa idea-, ese carpe diem, había sido correctamente transmitido a Eva. Tanto que hubo momentos en los que creí no despertarme de alguno de nuestros oníricos viajes, pero el fervor por alcanzar mi plan, conseguía que me desvelase. Y, en esa ocasión, estuve bien despierta, más aún, al escuchar su respuesta. Fue como una ducha fría en pleno hervor, pero una ducha ansiada, un capricho que anhelado se recibe sin que el anhelo llegue a constituirse como tal. Eva no se quedaba pero, ¡volvía!, volvía después del verano. En ese momento, el embrión de mi proyecto dejaba de ser feto.



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